La ventana

nº6


SUEÑOS

Vanessa venía corriendo, levantando el polvo del camino. Yo alcé la vista y me retiré el pelo que caía sobre mi cara con una mano, esperando el mensaje de mamá que seguramente traía Vane. Agitada, por fin llegó a mi lado, casi sin aliento. Me asusté al ver su cara, enrojecida y con los ojos y la boca muy abiertos. A1 preguntarle si algo malo había ocurrido, me contestó:

- ¡Ah!. No sabés, Sara, no sabés que bueno...

 

Le ordené que se tranquilizara. Sí venía corriendo desde el poblado no me extrañaba que estuviera en tal estado. Cuando su respiración mejoró acertó a decirme que había una buena noticia; Manuel y los demás ya habían llegado. Con una exclamación de júbilo recogí la bolsa de lona que me llevaba todos los días al vertedero y eché a correr detrás de mi hermanita, ya de regreso

 

Manuel y los demás eran voluntarios de la Cruz Roja destinados en nuestro poblado. ¡Que pobre sonaba todo eso para todo lo que en realidad significaban ellos para nosotros!. Desde que tuvimos que dejar la casa y venir aquí hacían todo lo posible por ayudarnos. A Marita le habían dado la medicina que la salvó, y a Vane la habían vacunado para que Marita no le contagiase su mal, y como para mí y para Julián no quedaban vacunas, estaban muy pendientes de nosotros.

 

Hacía ya más de una semana que Manuel -que era el coordinador- y varios de sus compañeros se habían marchado a la Ciudad para recibir personalmente un nuevo cargamento. ¿Serían, por fortuna, desinfectantes o medicinas para los niños, o quizás nuevos paquetes de comida, que ya empezaban a escasear?.

 

Llegamos casi sin resuello. Los niños, harapientos y con hambre se arremolinaban alrededor de las camisetas blancas de la cruz carmesí. La verdad era que no había muchos chiquillos en el poblado, la mayoría éramos mayores de catorce años, tan solo debía haber una docena de bebitos. No eran Manuel y sus compañeros -la nueva furgoneta que había a la entrada era parecida a la que tan bien conocíamos- pero sí debían de ser voluntarios. Empezaron a repartir unos paquetes rojos entre los niños, de lo que deduje que no eran medicinas. ¿Que sería?. Con curiosidad, abrí uno que me había alargado una muchacha rubia. Era una caja de cartón rosa con un muñequito en el interior y un trajecito a juego con la caja, en la que rezaba que el muñeco comía, lloraba y hacía sus necesidades de una forma más que real. Allí estaba yo, rodeada de aquella docena de infelices cargados con balones y muñecas con vestido de fiesta, en un sitio donde no había ni letrinas, ni luz, ni agua corriente, en donde abuelos, nietos, hijos y hermanos convivían en casuchas de cartón y hojalata, en medio de un terreno farragoso que era difícilmente distinguible del vertedero vecino. Sin dinero, sin nada, sin esperanza, a pesar del refrán, esta si que se puede acabar perdiendo. Apreté el muñeco contra mi. Poco a poco una extraña neblina lo invadió todo. Mis parpados se cerraban, apenas veía ya el cartel de la furgoneta "Navidades de Regalo" en grandes letras doradas. Un sonido empezó a filtrarse entre nosotros, un sonido que me llevaba de allí, suavemente, como si fuera de aire. Un sonido que me llevaba lejos

 

Un sonido que se extendía por las calles, se mezclaba con las despedidas y jaculatorias. Era la letanía, que, como siempre acompañaba al Sol en sus horas de descanso, era el rasgado fondo musical del anochecer en la Ciudad -las gargantas de los Shaij desgarraban sus palabras desde los almédanos llamando a la oración-.

 

Pero al mirar hacia el suelo, ahora, el agua de los charcos me regalaba el reflejo de lo que yo no quería ver. La Ciudad no era la misma de la antigua opulencia,* escapaban prestos al compararlos con los baches que había a lo largo de lo que antes era una magnífica calzada, siempre envuelta en las mullidas alfombras que ofrecían los mercaderes y el penetrante olor del clavo, el cardamomo, el té y el narguile. Aunque hacía muchos años de aquello -bastantes más llevaba yo viviendo en lo que hoy no era sino la sombra del callejón Mudhar-, recordaba que los montones de adoquines a los extremos de la calle estaban colocados donde antes existían la barbería de los verdes sillones de cuero y el bello café del barrio, en cuya puerta nos reuníamos los niños para intentar divisar entre las cabezas de los hombres el que fuera el primer televisor en color de la zona.

 

Me acuerdo bien, y aunque más se encoja mi corazón al acariciar las desconchadas paredes de las escaleras de mi edificio -antes tan hermosas con sus dibujos hechos de azulejos blancos y verdes- tenía suerte. Por lo menos tenía la suerte de haberlo visto, porque ahora todo era gris y sucio, la porquería lo invadía todo, hasta el punto que era una alegría ver las pobres frutas del mercado, de vivos colores.

 

Recogí a mi hermano de sus juegos en barro y a mis hermanas a que entrasen en casa, pues ya venían de vuelta de vender la chatarra recogida.

 

La noche caía y yo sabía lo que vendría del cielo una vez más. No sería tampoco hoy cuando caería maná del cielo. No, caería algo muy distinto. A1 acostar a mis hermanos me acordé de mi madre, del frío que pasaría en el hospital, al cuidado de mi hermano mayor. Pronto volvería a casa, cuando el primogénito hubiese de acompañar a padre, que faltaba ya desde hacía un año. El frío se colaba por cada rendija, y mi madre no tenía mantas suficientes, no había podido ir a llevárselas por culpa del castigo de mi patrona, ya que había descubierto mis despistes por oír la radio, que siempre que había electricidad estaba encendida, con un volumen más que prudente, sobre todo teniendo en cuenta el ruido que hacían las máquinas de coser -aunque no me explico como había sido capaz de sintonizar una emisora extranjera-.

 

La música que tocaba la orquesta era suave, delicada, casi celestial. Después, el locutor -al que entendí gracias a la atención que prestaba a los extranjeros en el mercado, siempre cargados de cámaras- explicó que las canciones eran piezas de la celebración de la Navidad. Despidió el programa felicitando el año nuevo, que según afirmaba, vendría cargado de felicidad para todos. Recomendó a los niños que fueran buenos -sabio consejo, pero no entendí el porqué de su tono jocoso- y al resto de los oyentes que disfrutaran mucho de la sabrosa cena que les esperaba en casa junto a toda su familia.

 

A1 volver a casa, deprisa, antes de que se fuera el día todavía resonaba en mi cabeza la alegre melodía, mientras pensaba en lo que había oído decir al locutor.

 

Me puse de rodillas y miré por la ventana, era de noche al fin, ya imposible ir a llevar algo al hospital. De noche nadie estaba en la calle. ¡Era tan terrible el silencio en el barrio!, sólo interrumpido por el llanto de algunos bebés... Miré al cielo, ajena a todo, como si no fuese yo la que estaba apoyada en la fría pared, y vi cómo las estrellas empezaban a brillar, a llenar el cielo con destellos cortos y luminosos. Pero de pronto recordé que en los cielos grises las estrellas no pueden brillar. Y las estrellas no dejan en su ida al alba la sangre que esta y tantas noches se colarán entre los ladrillos de las casas, ni el dolor que endurece nuestras almas.

 

De repente, me desperté sobresaltada y miré a la derecha. Allí estaba, como siempre, el despertador, con las agujas fluorescentes que marcaban las cinco de la mañana. Me volví a desplomar sobre la cama. Debí haber tenido una pesadilla, o algo así, porque sólo me acuerdo de una imagen: bombas cayendo sobre un sitio en ruinas. ¡Uf!, pone los pelos de punta, y eso que la habitación está caliente. Me toqué la cara y estaba mojada. ¿Había estado llorando?. ¡Que raro, no recuerdo nada!. La verdad, si he tenido una pesadilla no me extraña, la noche de Reyes nunca he podido dormir bien. Me da vergüenza, ya sé que los Reyes no existen y todo eso, pero, de los nervios me sigue pasando, ¡como cuando tenía cinco años!. Pero no tenía una sensación nada buena en el estómago. Me levanté y fui hacía el salón. Parece una bobera, pero me alegró ver unos cuantos paquetes de regalos al pie del árbol y otros debajo del belén. Volví a la cama. Al levantar la manta para taparme me vino a la cabeza un flash, como si recordara un poco mi sueño. Me incorporé. No pude volver a dormir hasta que nos levantamos, a las diez. Conseguí recordar todo mi sueño.

Lidia Romero Neila

1º BHS

Primer Premio compartido del Concurso de Relatos Cortos de Navidad.

 

 

 

 

 

 

 

LA VENTANA  

nº 6 Mayo 2003