La ventana

nº6


SIN NOTICIAS DE PAPÁ

 

La profesora gritó: ¡Callar!. Como si fuese tan fácil, habiendo tanto que contar. ¿Quién puede estar callado, un veinte de diciembre, a punto de comenzar las vacaciones? Sólo una vieja profesora amargada, como Agustina, a la que nada más le importaba explicar la teoría del libro. Los  dos chicos no pudieron aguantar. Pasados unos cinco minutos, parecía que les faltara algo y comenzaron a  hablar.

Nicolás le preguntó: “¿Qué vas a hacer hoy?” A lo que Pablo le respondió: “Nada en especial, creo que iré con mi padre a ver un belén. ¿Y tú?” Nicolás miró al suelo, como cada vez que iba a hablar de su padre, y le contestó que él también iría un día a ver el belén con su padre. La vieja profesora pidió silencio por segunda vez. Al instante, la campana sonó. Agustina dijo: “Dios mío, no hay quien pueda con ellos”, pero fue en vano, porque nadie la escuchó. Todos los niños se habían marchado a gran velocidad, como si fuese una evacuación por incendio. Eso es normal, en todos los colegios el último día antes de las vacaciones, todos escapan como si un monstruo les intentara coger, para que dárselos en su guarida.

Por la noche, cuando Silvia (La madre de Nicolás) acabó de leer el cuento, el pequeño le dijo a su madre: “Mamá, hoy Pablo me ha dicho que iría con su padre a ver el belén, y yo le he dicho qu también iría...”y su madre le preguntó que dónde estaba el problema, él también podía ir. Nicolás le contestó: “Ya, pero el problema está en que yo tengo ganas de que venga papá conmigo”. La madre, que no era una ingenua, desde el primer momento había entendido lo que el niño quería, pero no estaba dispuesta a dejarse convencer. Para finalizar la conversación le dijo: “-tú sabes que eso no es posible”, el niño rápido añadió: “Claro, como tú no quieres a papá”. A la madre se les saltaron las lágrimas y se marchó de la habitación. Mientras recorría el largo pasillo, pensaba en lo mucho que ella y su esposo se habían querido. Al tumbarse sobre la rígida cama de madera noble, se dio cuenta de que ya era hora de decirle a su hijo lo que de verdad había pasado con Ramón.

Fue una larga noche, no por el tiempo, sino porque madre e hijo no podían dejar de pensar in lo que había ocurrido.

Al día siguiente, durante el desayuno, el pequeño le confesó a su madre que quería hablar con su padre, y que por lo tanto, le iba a llamar por teléfono. Inmediatamente después, se oyó un golpe, el que produjo la taza de Silvia al llegar al suelo, después de que se le había caído de las manos. La madre le pidió al niño que la dejara sola.

Como todos los sábados, la chica fue a trabajar a la tienda. Silvia le contó lo que le pasaba a un compañero, o mejor dicho, a su novio, ya que, a pesar de los intentos de Silvia, por que nadie se enterase, todo el mundo lo sabía. Éste le respondió: “Es normal lo que le pasa al pequeño, estamos en Navidades, unas fechas para pasar en familia. Está claro que tu hijo añora a a su padre, y lo necesita, aunque sólo sea por unos días.”  La chica le contestó que eso era imposible, Lucas lo comprendió  siguieron hablando.

El domingo, al ahora de comer, Nicolás insistió en el tema, y su madre que ya estaba preparada, aceptó. Le marcó el teléfono y se fue del salón, dejándolo así solo, a gusto para poder hablar. Después de casi una hora, el niño salió con cara sonriente, y le dio las gracias a su madre, por haberle dejado llamar. Ese mismo día habló con Pablo, y le dijo que su padre iba a pasar la Nochebuena con él.

 

El día veinticuatro por la tarde, el niño fue a la parada del autobús que había a escasos diez metros de su casa. Pagó el billete y se sentó en una de las últimas sillas. Junto a él había sentada una anciana a la que le preguntó: “¿En qué parada me tengo que bajar para ir a la estación de tren?” A lo que la anciana le respondió: “En la décima, contando a partir de la que viene ahora”.

Al llegar a la parada, el niño se bajó y con rapidez se dirigió a la vieja estación. Una vez allí se sintió contento porque le daría una sorpresa a su padre con el que tenía previsto verse en casa,  según lo hablado por teléfono.

Mientras, su madre preocupada le buscaba por el parque hasta que encontró a Pablo, que le dijo que Nicolás había ido a buscar a su padre- “¿Qué padre?” gritó la madre alterada. Enseguida, llamó por teléfono a Lucas, que había sido el supuesto padre, con el que Nicolás había hablado por teléfono. Su compañero, muy nervioso, le dijo que al niño le había dicho que iría en tren, también le dijo que se vería con ella en la estación. Silvia se marchó rápidamente en su coche a la estación.

EL niño estaba cansado de dar vueltas buscando a su padre. Al mirar al viejo reloj oxidado, colocado en un poste, detrás de un árbol adornado, comprendió que era tarde y decidió sentarse en un banco que había entre los andenes cuatro y cinco. Nicolás veía a toda la gente muy feliz, con cara de alegría, como suele estar casi toda la gente en estas fiestas, ya que volvían a casa por Navidad. Eso le hacía sentirse mal porque al ver que toda la gente estaba contenta y alegre, era como si empequeñeciese, como si cada vez él valiera menos, como algo nefasto, inservible, innecesario... como algo que nadie necesitaba para ser feliz. Entonces apartó su mirada y la dirigió de nuevo al reloj. Ahora era como si cada aguja pesara una tonelada, como si no se pudiera mover, parecía que era la hora apropiada, para cesar toda actividad. A continuación el niño cerró los ojos para no ver nada.

Pasados unos quince minutos sin soltar el acelerador, Silvia llegó a la vieja estación. Allí comenzaba a nevar. Ella recorrió prácticamente todo el recinto, hasta que le vio echado en un banco, parecía un ovillo. Sus mejillas sonrosadas y la sonrisa en sus labios. Los copos de nieve caían sobre su cabeza descubierta. Mientras se acercaba a él le venía el recuerdo del día en que después de recibir una triste llamada tuvo que acudir al puerto y vio a Ramón, su marido, tirado en el suelo y cubierto por una manta, muerto de frío, muerto por ahogamiento, muerto, muerto... ya que su barco se había ido a la deriva. Ramón era el patrón del barco, por eso había salido el último, mejor dicho, lo habían sacado. Aquel había sido el peor día de su vida, por lo cual nunca lo quería recordar y tampoco se lo había contado a su hijo, para no hacerle pasar por es mal momento. Había sido su peor día y se estaba volviendo a cumplir, lo único que había cambiado era el escenario, porque más o menos eran los mismos personajes, sus seres más queridos. Habían sido los cinco pasos más largos de su vida. Al llegar hasta el banco, estiró sus manos, a  lo largo del pecho de su hijo y pudo ver que su corazón aún latía. Justo en ese momento apareció Lucas que, a grandes zancadas, rápido, llegó al banco.

El niño había estado soñando con muchas cosas. Soñó con un rico que no tenía nada. Soñó con un árbol de navidad sin adornos. Soñó con un ángel que no tenía alas. Soñó muchas cosas, pero no sabía lo que significaban. Al notar aquellas manos tan calientes pudo reaccionar y comprender que a todos sus sueños les faltaba algo, pero no por eso dejaban de ser lo que eran: un rico, un árbol, un ángel. Según sus pensamientos, él era un niño que no tenía el cariño de su padre.

Pasadas veinticuatro horas, el pequeño salió del hospital. Se había salvado de sufrir una hipotermia, gracias a la rápida intervención de Lucas y su madre.

Al llegar a casa, su madre se lo explicó todo: cómo, cuándo y por qué había muerto su padre y también que con la persona que había hablado por teléfono el otro día, como estaba claro, no era Ramón sino Lucas, que ahora era su novio y, si él quería, su nuevo padre. El niño se quedó taciturno, sólo hizo un gesto de aprobación con la cara. A pesar de la cantidad de noticias, lo había entendido todo y aceptó la idea de tener a Lucas por padre, también le dijo a su madre: “Mamá, perdóname por no haber sabido valorar lo mucho que tengo y lo mucho que me quieres” a lo que la madre le respondió: “No, hijo, perdóname tú a mí, por no haberte explicado todo esto, mucho antes.”

El día de Nochevieja, los tres se sentaron a la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Todos estaban contentos, la madre porque todo se había solucionado, Lucas, porque ahora tenía una nueva familia, y Nicolás porque aquellas serían las Navidades más importantes de su vida. En cuestión de poco más de una semana se había salvado de morir congelado, se había enterado de la muerte de uno de sus progenitores y los reyes magos le habían traído un inmejorable regalo, otro padre, uno al que querer y respetar y del que se podía conseguir cariño y felicidad.

 

Primer premio compartido del concurso de relatos cortos de Navidad

Gabriel Simón Iglesias 3º A ESO 14 años

Pseudónimo: Gautama Maizon

 

 

 

 

 

 

 

 

LA VENTANA  

nº 6 Mayo 2003