Desde los tiempos más
antiguos el hombre se ha sentido atraído hacia las piedras preciosas por
distintos motivos: mágicos religiosos, astrológicos, místicos, o, por
puro placer. Algunas piedras que en otras épocas fueron valoradas como
preciosas han sido hoy olvidadas y en cambio otros minerales han sido
elevados a categoría de gemas.
La tradición de los
lapidarios, libros que tratan sobre la naturaleza y propiedades de las
piedras, tiene su origen en Oriente y fue recogida tanto por los
escritores grecolatinos como Aristóteles, Teofrasto, Bolo de Mendes,
Dioscórides, Galeno, Plinio, Solino, etc., como por la tradición
judeocristiana a través de la Biblia.
La
esmeralda es una de las piedras que despertó mayor interés. Los egipcios ya
las extraían de minas cercanas al mar Rojo y se dice que la reina Cleopatra
(s. I a.C) hizo grabar su retrato en una de estas piedras.
La
Biblia, libro escrito a lo largo de varios siglos originalmente en
hebreo, arameo y griego, cita la esmeralda en Éxodo cuando describe las 12
piedras preciosas del pectoral del sumo sacerdote, formando parte de la
primera hilera. También en Apocalipsis la esmeralda es la cuarta piedra de
la muralla de la Jerusalén celestial. Esta última historia y con las
piedras en el mismo orden la repetirán a lo largo de la Edad Media los
escritores eclesiásticos adornándola con propiedades moralizantes.
En el s.I Plinio en su
obra Historia Natural describe un lapidario y refriéndose a la
esmeralda dice: “Hay doce clases de esmeraldas. Las más notables son las
escíticas, llamadas así por el país donde se encuentran. Tienen tanta
importancia por el lugar de procedencia, las esmeraldas de Bactria. Dicen
que los bactrianos las recogen en las grietas de las rocas cuando soplan los
vientos etesios (vientos del norte que soplan sobre Asia Menor y el Egeo a
finales de verano y durante cuarenta días). Luego se encuentran las de
Egipto, las cuales son extraídas en las excavaciones de unas colinas
próximas a Coptos. Las demás clases de esmeraldas se encuentran en las minas
de cobre, destaca su color claro y en su interior se percibe cierta
transparencia semejante a la del mar. Cuentan que había un león de mármol
con ojos de esmeralda, cuyos rayos alcanzaban las profundidades del mar, por
lo que los atunes huían asustados; durante tiempo los pescadores estaban
sorprendidos hasta que cambiaron las gemas del león. Respecto a sus
cualidades las esmeraldas de Chipre tienen diferentes tonalidades vedes. Por
otro lado, el interior de algunas esmeraldas está atravesado por una sombra
que apaga su color. Ateniéndonos a esto las esmeraldas se clasifican en
oscuras, opacas y las que están como envueltas en una nubecilla. Todas las
esmeraldas tienen filamentos, sal y manchas de plomo. Las esmeraldas de
Etiopía son de verde muy intenso, Demócrito incluye en esta clase las
esmeraldas de Termias y las de Persia. Estas últimas tienen un color como el
aceite agrio; son luminosas y claras, pero no verdes. Algunas de éstas
tienen la peculiaridad de envejecer, perdiendo el color y dañándose por el
sol. Luego están las esmeraldas de Media, que tienen tonos variados y pueden
llegar a tener algo de zafiro; son onduladas y en su interior presentan
formas.”
Solino (s.III) en su
Colección de Hechos Memorables, cuenta que la Escitia asiática es el
lugar de origen de las esmeraldas, que se encuentran custodiadas por los
grifos (animales fabulosos con cuerpo de león y cabeza y alas de águila),
terriblemente fieros. Los arimaspos, raza que posee un solo ojo, combaten
contra ellos para arrebatarles estas gemas. Las esmeraldas resultan
placenteras para los ojos y alivian la vista cansada; son de un verde más
intenso que el prado húmedo y que las plantas fluviales. No se tallan para
no destruir su belleza.
Isidoro de Sevilla
obispo y escritor eclesiástico, de los s. VI-VII, en su obra Etimologías
clasifica las piedras preciosas por colores. A la esmeralda la incluye
dentro de gemas verdes: nada posee un verde tan intenso como ella, es la
más resplandeciente de este grupo. Cuando son lisas se reflejan las imágenes
como un espejo. Nerón contemplaba en ella los combates de gladiadores.
Mantiene las doce clases de Plinio. Su pureza y verdor resalta con el
aceite.
Marbodo de Reims (S. XII-XIII),
obispo, en su Lapidario describe las doce piedras de la ciudad
celestial, haciendo referencia a sus aplicaciones morales y su naturaleza.
Sobre la esmeralda: “Mantiene el color verde intenso. Representa aquellos
que tienen una fe más verde que nadie y en este verde superan a los
infieles. Los demonios quieren arrancársela por la fuerza y ellos los vencen
con la ayuda de Dios.”
Alberto Magno (S.XIII)
en “El libro de los secretos” dice que la esmeralda es muy clara y
transparente, brillante y lisa y si es amarilla mejor. Se extrae de los
nidos de los grifos. Reconforta y da seguridad, le da al que la posee buena
memoria, aumenta sus riquezas y le faculta para predecir los acontecimientos
si la pone debajo de la lengua.
Alfonso X (S.XIII) es
autor de un Lapidario que se basa en una traducción del caldeo al
árabe de otro anterior y de este al castellano de la época. En él se exponen
las cualidades beneficiosas o perjudiciales que adquieren las 360 piedras
por la influencia que ejercen en ellas los signos del zodiaco, los planetas,
las constelaciones y la posición de sus estrellas. De cada una describe el
significado del nombre, cualidades físicas, lugares de procedencia,
propiedades dañinas o beneficiosas que adquieren bajo la influencia de las
estrellas. Dice que la esmeralda pertenece al decimosexto grado del signo
Tauro y que cuanto más verde es, mejor. Como virtud destaca que sirve contra
todos los tósigos mortales y heridas o mordeduras de bestias venenosas. Por
otro lado, si la traes contigo, protege de la enfermedad que llaman demonio.
El autor anónimo
del Libro de Alejandro, del s. XIII, que cuenta las hazañas de
Alejandro de Macedonia, al describir Babilonia y las riquezas de la ciudad
dice: “La esmeralda verde allí suele haber más clara que un espejo en donde
puede ver.”
Gaspar de Morales (s.
XVI), boticario, filósofo y astrólogo, describe las principales virtudes
curativas de las piedras, relacionándolas con las estrellas y planetas con
el fin de combatir las enfermedades. Recoge lo que han dicho los escritores
anteriores y aporta novedades: no hay color más apacible a la vista, se
pueden ver imágenes como en un espejo como hacia Nerón para ver las batallas
de los gladiadores. Llevándola encima no consiente la unión carnal ya que se
rompe, y afirma en boca de Alberto Magno que llevándola el Rey de Hungría
en un anillo al realizar el acto sexual con su mujer se hizo pedazos. Hace
castos a los que la traen consigo, da buena memoria, acrecienta las riquezas
y ahuyenta la tempestad. Sirve contra las artes mágicas, contra las fiebres
podridas, los venenos y contra las pasiones del corazón. También lucha
contra la epilepsia hasta romperse y por eso se les ponía a los hijos de los
Reyes al nacer una al cuello. Heródoto cuenta que los arimaspos pelean con
los grifos porque estos tienen en su nido una esmeralda. Está sujeta al
signo de Sagitario y es de la naturaleza de Venus y Mercurio y por influjo
celeste adquirió las virtudes que tiene.
En la actualidad la
esmeralda se incluye dentro del grupo del berilo. Es un silicato de aluminio
y berilio de color verde oscuro o verde hierba cuya sustancia colorante es
el cromo. Forma cristales hexagonales pequeños, tiene brillo vítreo y una
dureza de 7,5 a 8 en la escala de Mohs. Es la tercera piedra más preciosa,
tras el diamante y el rubí. Suele tener unas impurezas que los joyeros
llaman escarcha, que permiten diferenciarlas de las sintéticas. Las primeras
esmeraldas sintéticas se fabrican en Europa en 1850. La esmeralda tallada
más grande es un pequeño jarrón del siglo XVII, de 10 cm. de altura y 2.680
quilates (unidad de medida de la masa de las piedras preciosas equivalente a
0.2 g.)
Eva Caicoya (2º BCN)