Desde su
juventud, en la que quería emular al héroe Aquiles, Alejandro conquistó
inmensos territorios. Se dice que es uno de los grandes personajes de la
Historia, y que llevó el pensamiento griego hasta los confines de Oriente y
su Imperio fue un crisol en el que se fundieron todas las culturas. Pero
esto es una consecuencia casualmente favorable y no el motor de su empresa.
Por eso nos preguntamos cuál es el afán que lleva a los hombres a la
conquista sin tregua.
La historia de la humanidad parece la
historia de los poderosos imperios con sus protagonistas, pero éstos siempre
han avanzado por un camino distinto al hombre de todos los días. Unos han
pasado: Alejandro y Macedonia, César y Roma, Gengis Kan y los mongoles,
Napoleón y su Europa. Otros, en cierta forma, se mantienen, como el Islam; y
otros, que están surgiendo, amenazan al mundo con la agresividad y la fiebre
de conquista de los inicios. Y no sabemos por qué, pero intuimos que sus
líderes no van a aparecer en los libros futuros como grandes héroes de la
historia.
Alejandro celebró una famosa reunión con
unos sabios indios, llamados gimnosofistas, sabios desnudos, que se
dedicaban a reflexionar sobre el mundo. Le dijeron que su vida de conquistas
no tenía sentido y dieron una patada en el suelo para explicar que los
humanos sólo pueden poseer la tierra que pisan.
Cuando a la edad de treinta y dos años, le
preguntaron a Alejandro, en su agonía, a quién dejaba el imperio, él
contestó “Al más digno”. Todos sus familiares murieron asesinados y sus
vastos territorios fueron divididos entre sus generales tras cruentas
luchas.