VIAJE A PONFERRADA
Diario de a bordo
No se trata de un viaje de mil
leguas submarinas, ni siquiera de una aventura por la selva tropical,
pero nuestra excursión no tuvo ningún desperdicio y como muestra, está
la gente que fue y se lo pasó genial. Solo contaré lo esencial, porque
muchas de las anécdotas quedarán en el recuerdo de los que allí
estuvimos.
Como es habitual en
el instituto, se hacen varias excursiones a lo largo del año con el
grupo de montaña, dirigido por Miguel San Miguel, pero suele ser de un
solo día. A la que nosotros asistimos duró tres días, tres días en los
que vimos y aprendimos muchas cosas.
28 - Abril - 2001
A las 7:30 de la
mañana estábamos todos preparados con nuestras mochilas en la puerta del
instituto para cargar todas las cosas en el autobús y comenzar el fin de
semana. Nos subimos y arrancamos con dirección a Astorga. No se tardó en
ver a la gente durmiendo, que agotadas por tanto madrugar ya se habían
quedado fritas con el vaivén de autobús.
En el trayecto
visitamos un museo en un pueblo cerca de Astorga, en donde pudimos ver
como aún se siguen haciendo mantas de forma artesanal con máquinas, que
aunque han sido modernizadas, siguen siendo rudimentarias. Otro de los
pueblos que visitamos fue Castrillo de los Polvazares, uno de los
conjuntos arquitectónicos mejor conservadas de la maragatería, un pueblo
declarado Conjunto Histórico-Artístico. De ahí viene el famoso cocido
Maragato.
Llegamos a Astorga
al medio día, ¡¡y vaya día!! ¡¡Hacía un sol que achicharraba!!. El
autobús nos dejó cerca de la muralla que rodeaba la ciudad. Fuimos a
visitar El Palacio Episcopal de Gaudí, en donde pudimos ver una
colección de objetos pertenecientes al clero. También visitamos El Museo
Romano, en donde pudimos ver
reliquias
romanas. Después hicimos una visita por la ciudad
aire y pudimos ver el ayuntamiento.
A la hora de comer
sacamos de nuestras mochilas los bocadillos y cogimos un sitio a la
sombra al pie de la
muralla. Más
tarde mientras unos reposaban tumbados a la sombra, otros se fueron a
tomar un café, para más tarde volver al autobús.
Esa misma tarde
llegamos a Ponferrada y fuimos al albergue para dejar allí nuestras
mochilas e ir a dar una vuelta por la ciudad. Visitamos El Castillo de
los Templarios del S.XIII, uno de los monumentos arquitectónicos más
importantes de esa ciudad. Que aunque está bastante deteriorado, se
pueden ver las paredes externas del mismo, en estos momentos está siendo
arreglado. Después de eso los profesores que nos acompañaron (Miguel San
Miguel y Rosa) nos dejaron a nuestro aire para que viésemos por nuestra
cuenta cómo era aquello.
Por la noche cuando
llegamos nos dimos una ducha y preparamos la cena. Después de cenar nos
fuimos a nuestras habitaciones”supuestamente” a dormir pero nos pasamos
la noche hablando unos con otros, además de llevarnos un pequeño susto
cuando saltó la alarma de incendios.
29 -
Abril - 2001
Nos levantamos
temprano para poder aprovechar bien el día. Hoy nos llevaron a ver el Aula
Arqueológica de las Médulas. La mina de oro de las Médulas es la
explotación con mayores dimensiones de todo el imperio romano. A punto de
comenzar tuvimos la visita de las profes Pilar Alaiz y Esther con cuya
compañía hicimos el recorrido a todo ese universo minero de las Médulas
con sus canalizaciones de aguas, desmontes, lavaderos de oro, etc.
Recorrimos el
yacimiento a pie viendo un paraje de alucinación donde los mineros astures
a base de picachón y conduciendo el agua por canalizaciones desde los
Montes Aquilianos, desmontaron una montaña entera para obtener una media
de dos gramos de oro por m3 de tierra.
Tuvimos ocasión de
observar un ejemplo práctico de la explotación de oro mediante el sistema
de “ruina montium”. Nos metimos en ese inmenso laberinto de cuevas,
galerías, chimeneas y evocamos lo que tuvo que ser el estruendo de la
montaña al desplomarse, el griterío desgarrador de los mineros
desprevenidos, la satisfacción del funcionario romano al llenar las arcas
del imperio...
En medio de una mañana de sol trepamos entre derrumbes
de conglomerados rojos cuya monocromía rompía el verde de los castaños.
Mientras tanto Rosa hacía de las suyas trepando por las ramas de los
árboles y haciendo suya la demostración de Jenofonte “de que la cabra
tira al monte”.
Después de acabar
agotados de tanto subir y bajar, fuimos a comer nuestra fabada asturiana
(marca La Tila) junto al río, con las Médulas al fondo. Un halo de
inquietud nos sobrevino, cuando unas deshilachadas nubes asomando por los
Montes Aquilianos, nos dieron el aviso de que el resto de la excursión
iba a teñirse de tintes inquietantes; el color “panza burra” del cielo
auspiciaba una lluvia pertinaz, así que comimos de prisita y marchamos en
dirección al Valle del Silencio, vano intento pues unos accesos nos
impidieron disfrutar de la cueva de San Genadio y del mozárabe de Santiago
de Peñalba.
Pero Rosa enseguida
nos dio la alternativa: Ir a ver la herrería de Compludo; ir fuimos, pero
sólo los más osados pudimos llegar a unas instalaciones cerradas a cal y
canto, sólo que volvimos empapados de agua y además cubiertos de nieve.
Mas a pesar de todo el viaje mereció la pena pues era primavera temprana y
el paisaje espectacular de laderas montañosas salpicadas por la flor del
jaral, se fue tiñendo con el blanco total de la nevada
Después de nuestra tarde pasada por agua,
nada mejor que la vuelta a la civilización del albergue para disfrutar de
la ducha de agua caliente, la sopa y los huevos fritos con salchichas y el
solaz del catre porque Miguel nos advirtió: “Mañana subimos al Cebrero,
tendremos nieve y ahí os quiero ver”.
30 de Abril de 2.001
Tal como nos habían advertido
el día amaneció con el ceño fruncido. Al poco de coger el autobús que nos
iba a llevar a las Herrerías, punto de la ruta del Camino de Santiago,
comenzaron a sonar los móviles, llamaban desde casa porque el parte
meteorológico amenazaba nieve. Las previsiones se cumplieron y después de
un tramo despejado nos tocó el baño de nieve, cada vez más persistente a
medida que íbamos remontando los mil metros de subida del puerto del
Cebrero. Seguimos los consejos de Vicente y Emilio, los monitores:
subiendo la montaña, marcha de mastín cansino. Los novatos admiraban la
distancia que nos llevaban los más avezados en el grupo de montaña “fijaos
que despacito marchan y que distancia nos llevan”.
Uno a uno pasamos por los hitos
con la concha del Camino de Santiago. Comenzamos a ver pallozas y hórreos
con techo de centeno y brezo y al fin llegamos al alto del puerto del
Cebrero. Con una nevada que todo lo llenaba. Después de un bosquecillo de
abetos, extraños al paisaje, comenzaron a emerger entre la niebla pallozas
de pizarra, pervivencia hasta nuestros días de las construcciones del
mundo prerromano; y la iglesia prerrománica del Cebrero. La entrada
parecía una alucinación con la expléndida talla románica del crucificado
destacando iluminada en la sobriedad de la iglesia prerrománica.
Seguía nevando sin cesar;
íbamos como sombras en un paisaje de otro tiempo. Era bellísimo por lo
insólito pero la inquietud y el hambre nos consumían los últimos
resuellos; así que bajamos a todo correr los cuatro kmts que nos restaban
hasta el pueblo Piedrafita del Cebrero donde nos esperában los bocadillos
de jamón, la ropa de muda y el calor del autobús.
Después vino la ilusión de
volver a casa, la experiencia de convivir cuatro días y de haber hecho
algo distinto a la rutina de la mayoría de los mortales. Y ya en el
autobús Miguel nos dijo: El próximo curso llegaremos andando hasta
Santiago.
Cristina Fernández y Miguel.
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