LA OSCURIDAD
Todo estaba oscuro y en silencio. No
recordaba cómo había llegado allí. Fernando intentó llamar a sus sobrinos
pero de su boca no salió ni un murmullo. Sus labios parecían dormidos. No
los sentía. Se dispuso a incorporarse pero su cuerpo no le respondía. De
hecho todo su cuerpo parecía dormido. Sólo sentía un intenso dolor en la
nuca. Pensó que lo mejor sería esperar. Sus sobrinos no tardarían en subir
a verle.
Tan sólo dos meses antes se
encontraba en su mansión a las afueras de Marbella, aquejado de una fuerte
gripe que le había postrado en la cama. A su edad, cercano a los ochenta,
no podía tomarse a broma una simple gripe. Su mujer, hacía diez años que
había muerto y no tuvieron hijos. Durante cuarenta años había ejercido de
abogado de prestigio amasando una gran fortuna. Su sobrino-nieto Juan y su
esposa Marta eran la única familia que le quedaba. Habían ido a verle y le
convencieron para que se fuera a vivir con ellos una temporada a su
apartamento de Madrid, hasta que volviera a recuperarse.
El apartamento era muy amplio.
Disponía de una pequeña cocina, un salón-comedor modestamente decorado y
tres habitaciones más el baño, a los que había que subir por una especie
de escalera de caracol.
Su sobrino trabajaba como contable y
su esposa llevaba una pequeña empresa por Internet, por lo cual pasaba
mucho tiempo en casa y eso le permitía cuidarle.
A los pocos días, volvió a recuperar
sus fuerzas, no en vano siempre había tenido una salud de hierro y aunque
su vitalidad y a no era la de antes, su avanzada edad le permitía hacer
una vida casi normal.
Esa misma mañana decidió regresar a
Marbella.
Allí tenía su vida, sus amigos y a
pesar de que Juan y Marta se habían portado muy bien con él, no quería ser
una carga para ellos. Así que tomó la decisión de contárselo durante el
desayuno.
Mientras se dirigía hacia el comedor,
se metió las manos en los bolsillos del pantalón y se dio cuenta de que le
faltaba algo. Rápidamente se dirigió hacia su habitación, buscó en el
pantalón del día anterior y al rebuscar en los bolsillos respiró aliviado,
allí estaba, un pequeño encendedor que su mujer le había regalado varios
años atrás, en la época en la que él fumaba en pipa y que hacía tiempo
había dejado por decisión médica. Siempre lo llevaba consigo, como un
amuleto al que tenía mucho cariño
Ya en el comedor, Fernando comentó la
decisión que acababa de tomar. A Juan y a Marta no les gustó demasiado,
aunque tampoco se opusieron. Si eso era lo que quería, no estaban
dispuestos a contradecirle.
Todo estaba oscuro y en silencio.
Fernando seguía quieto, inmóvil. El intenso dolor en la nuca iba poco a
poco desapareciendo. Por la cara y el resto del cuerpo sentía como una
especie de hormigueo, síntoma de que lentamente estaba recuperando la
movilidad perdida.
Habían cenado pronto. Fernando
cogería el avión a primera hora de la mañana rumbo a Marbella. Estaban los
tres en el salón conversando mientras tomaban un té que Marta se había
ofrecido gustosa a hacer. La verdad es que tenía un sabor algo extraño; le
había salido más cargado que otras veces, sin embargo, no le dio demasiada
importancia.
Fernando apagó el despertador. Pasó
toda la noche dando vueltas en la cama. Se sentía mareado y le dolía
levemente la cabeza. Juan entró el la habitación pues habían quedado en
que le llevaría al aeropuerto. Fernando no se sentía con fuerzas y
cancelaron el viaje.
Llevaba dos días en cama y no
mejoraba nada a pesar de que había ido a verle un médico personal amigo de
sus sobrinos. Le había recetado unas pastillas pero no le hacían nada. Se
sentía cada vez más cansado. Fernando le había dicho a Juan que llamara a
su médico personal, pero fue imposible encontrarle ya que estaba pasando
unas vacaciones en el Caribe.
Marta le subía la comida y el
periódico todos los días a la habitación; Fernando se levantaba lo mínimo
de la cama ya que se sentía muy debilitado.
Tenía que arreglar en su ciudad
algunos asuntos relacionados con su casa que le habían surgido durante su
estancia en Madrid pero su estado de salud no le permitía viajar por lo
que días antes había autorizado a Juan a tomar temporalmente todos sus
poderes hasta que él estuviera en condiciones.
Como cada mañana, Marta le llevaba el
desayuno. Pero esta vez se olvidó de traerle el periódico. No le dijo
nada, pues no tenía muchas ganas de leerlo. Estaba harto de estar en la
cama sin hacer nada.
Durmió un rato y le sentó muy bien.
Estaba más animado. Se vistió y bajó al salón. Marta no estaba, habría
salido de compras.
Se sentó en el sillón y hojeó un poco
el periódico. De pronto se levantó bruscamente sin apartar la vista de un
pequeño anuncio que venía escrito en el diario. No podía creerlo. Su
mansión la habían puesto a la venta; ya no pudo leer más. Un fuerte golpe
en la nuca le hizo caer al suelo y perder el conocimiento.
No entendía nada. Cuando despertó, se
encontraba en aquel lugar tenebroso. Ya podía mover y sentir los labios.
Llamó a sus sobrinos pero o hubo respuesta. Intentó levantarse, pero la
cabeza chocó contra una superficie acolchada. Aquello no era su
habitación. La oscuridad lo invadía todo. Sacó de su bolsillo el
encendedor y la luz de la llama descubrió aterrorizado dónde se hallaba
metido. Era un ataúd. Todo estaba oscuro y en silencio. El silencio de:
LA MUERTE
Jéssica Calabozo (3ºESO)
Relato ganador del concurso 2001
Tema: Cuentos de Miedo
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