La ventana

nº5


Y A LA NOCHE...

La débil iluminación dibujaba destellos en la carrocería de los coches. Eran dos berlinas. La oscuridad les robaba su luz apagada, de metal, y su forma, que sólo insinuaba la franja de claridad que proyectaba una solitaria farola. Uno se intuía rojo, el otro ni siquiera se podía distinguir. Entre las matrículas blancas, reluciendo en la noche oscura, había algo. Se movió, deslizándose suavemente a través del charco que se formaba en los huecos de la gravilla mal aprisionada. El agua, farragosa y sucia, penetraba en los tejidos del bulto. El frío de la noche envolvía con gélido abrazo al patio. Era muy tarde. Todo en silencio, quieto. Con la cabeza sobre la humedad de la calzada le llegó (No sabía porque) aquella canción que oía cuando era niña pero de la que se acordaba perfectamente:

 

El reloj de cuerda suspendido

El teléfono desconectado

En una mesa dos copas de vino

Y a la noche se le fue la mano...

 

Se sentía igual. El reloj suspendido. Y a la noche, desde luego, se le había ido la mano. ¿Por qué se acordaba de aquella canción? ¿Dónde estaba? Levantó ligeramente la cabeza, arrastrando por su cara un mechón pegajoso y ceniciento. Se miró sus manos, extrañada de ellas. ¿Eran esas las suyas, agarrotadas, frías, intentando aferrarse al asfalto para no caerse? No sabría decirlo.

 

Apoyó un codo contra uno de los parachoques y se irguió un poco más. Miró a su alrededor extrañada. Ninguna chapa que le indicara donde estaba. La cabeza le daba vueltas. Solo acertó a comprender que estaba en un extraño patio encerrada entre cuatro edificios con un pasadizo para salir a lo que parecía una calle exterior. La luz de las farolas, al mirar hacía allá le cegó. Giro la cara y se vio a si misma reflejada en uno de los charcos. El pelo lacio, caía sobre el rostro en el que no se encontraba ya ningún resto del maquillaje. Puso la mano en el otro parachoques y se levanto. Soltó un quejido mientras desdoblaba las rodillas lentamente. Fue caminando poco a poco hasta la otra calle, era un parque con bancos y jardines muy descuidados. El sitio no le sonaba de nada. Su mano recorrió la cazadora en busca del bolsillo en el pecho. Lo tocó y notó la falta del bulto acostumbrado. ‑ Mierda,‑ masculló.

 

El móvil no estaba allí. Estaba muy lejos de su casa, quería volver a su cama, cómoda y caliente, a su pijama, seco y confortable y desprenderse de la humedad de los vaqueros mojados que se le filtraba por los huesos.

 

Pero a lo lejos un fulgor le llamo la atención. Era la luz de una cabina telefónica. Se acerco a ella apoyándose en el borde de las jardineras, tambaleándose y tropezando con los adoquines desprendidos que mojaban más su ropa al pisarlos. Empujo con su cuerpo la puertecilla metálica y entro. Descolgó el auricular y marco el único numero que le repiqueteaba en el cerebro, pero el pitido se alargaba y nunca se oía el primer tono. Miro la pantalla de la cabina. Un gran cero en color negro se distinguía bien. ¿Un cero? ¿Había llamado al numero cero? Entonces comprendió. No había dinero. Se sintió abatida, dejó su espalda resbalar por el cristal y sentó en el suelo de la cabina. Los ojos se le cerraban y el extraño dolor de cabeza ahondaba en sus sesos como si un agujero oscuro se quisiera tragar lo que allí había. Se durmió.

Entreabrió los Ojos. El cuerpo le pesaba como si sus músculos fueran de plomo. Abrió los ojos de golpe y se acordó de donde estaba. Miro el reflejo de su cuerpo en el cristal. Su cara estaba desencaja y los ojos, enrojecidos, vidriosos y desorbitados. Se irguió como pudo y salió al exterior. Empezó a ver niños con carpetas y mochilas. El traqueteo de las mochilas le estallaba en la cabeza. Irían a la escuela, así que deberían ser las nueve. Con la tenue luz matutina vio brillar delante de la puerta de la cabina una moneda que había caldo por una rendija de desagüe. Ésta no estaba muy fija al suelo. Con un poco de dificultad levantó la pesada losa y la apartó, unos centímetros, metió la mano en el agujero, rebozándola de agua estancada y hojarasca. Tocó la fría redondez de la moneda y la sacó. La limpió restregándola contra la camiseta. La metió en la ranura, descolgó y marcó el número de teléfono del trabajo de su madre. Un pitido, dos ... Alguien descolgó al otro lado. ‑Mamá, ‑balbuceó.

 

Apartó el auricular para no oír los gritos de su madre. ‑Ya.

 

Miró los edificios y descubrió la placa de la calle.

                  ‑En...

 

‑Si ‑acertó a decir‑

 

‑Vale.‑ Musitó.

 


 

Colgó el teléfono. Salió de la cabina y se sentó en las jardineras, Empezaba a clarear. Al rato apareció un coche blanco en la calle con un fluorescente verde encima. El taxi ya había llegado. Caminó hacia él, abrió la portezuela y se dejó caer sobre el asiento de atrás. El taxista la miró de arriba abajo y tras la mirada reprobatoria se giró hacia delante, quitó el freno y el coche se puso en marcha. La cabeza le resbalaba por la tapicería aterciopelada. Le pidió al taxista que encendiera la calefacción pero no le hizo caso. Siguió como sí no hubiese oído nada. Pero, ¿Lo había oído realmente? Quizás ella no lo había dicho. No estaba segura.

 

El taxi se paró por fin. Su madre ya había pagado el trayecto. Bajó del taxi, La puerta del portal estaba abierta, la empujó y entró. Metió los dedos por la rendija del buzón y sacó el manojo de llaves que le habían dejado allí. Llamó al ascensor, pulsó el cinco y se apoyó contra el espejo. El traqueteo cesó. Abrió la puerta de su de su casa con cierta dificultad‑ No había nadie. Fue a su habitación y tiró de un manotazo los muftecos que había encima de su cama. Quitó el edredón y se metió en la cama vestida. Horas después se pegó una ducha, se puso un pijama y mientas se hacia la cena, pensaba, intentando acordarse de cómo había acabado en aquel patio. Había salido como siempre con sus amigos sobre las diez, para hacer la ruta de todos los fines de semana. Un bar tras otro. Se dic cuenta de que habían sido sus amigos tan borrachos como ella habían sido los que la habían dejado tirada allí. Como una colilla. Aunque ya le había pasado otras veces, ya que cuando uno sale a divertirse no controla mucho, siempre había aparecido con un amigo, riéndose de lo que les había pasado. Pero esta vez no le había hecho gracia, se habían pasado dejándola sola. Todo tiene un límite. Se sentía muy cabreada con ellos. Pero su furia arremetió ahora contra sus padres. Padres. A mí que me dejen con mis rollos que yo no me meto en sus movidas. Todo el día  encima, Vaya plaga. Por lo menos se estiraban con el dinero y los castigos desaparecían antes del viernes.

 

A la mañana siguiente fue caminando al instituto. Abrió la puerta del hall y vio a sus amigos. Dani y Bea llevaban gafas oscuras (habían seguido tomando sin ella), los demás no tenían mejor cara que ellos.

 

‑Hey, tía ¿que tal?‑ La voz de Marta sonaba muy falsa.

 

‑Ah, no se..., tu sabrás..., vosotros fuisteis que me disteis las buenas noches. ¿No?‑ respondió

 

‑Tía, no te enfades, que nosotros estábamos también muy chungos. El dejarte allí solo fue una broma.

 

‑Además, fijo que te quedaste sopa pronto‑ añadió Dani intentando suavizar el ambiente.

 

‑Tú te callas, imbécil. Menudos colegas, que te dejan colgada. Yo no me arriesgo a volver a salir con vosotros.

 

Se alejó. Pero sabía que el enfado no duraría mucho. Efectivamente, la semana pasó con sus treinta horas de clases‑ bueno no exactamente‑. Como de costumbre le levantaron el castigo y ni siquiera notaron su resaca. El viernes por la noche volvieron a salir, a beber, a fumar y a hacer lo de siempre. A la hora de marcharse se despidió de sus amigos que iban a coger el autobús.

 

Ella se dirigió a la estación de taxis. Hacía frió y todo estaba silencioso y quieto en la ciudad.( El reloj de cuerda suspendido ... )Tropezó con una papelera y cayó al suelo (El reloj de cuerda... ) La cabeza le iba a estallar (El reloj de.. . ) Lanzó un gemido, se retorció sobre el pavimento mientras se agitaba convulsivamente (El reloj...) Con los ojos abiertos, en la lucidez del último momento, se dio cuenta, de que el reloj suspendido se había parado, por fin, en una de tantas noches en las que se le había ido la mano.

 

Fin

 

 

Lydia Romero Neila  4º ESO C

Primer premio concurso relatos cortos Navidad 2001

 

 

 

LA VENTANA  

nº 5 Mayo  2002