Y A LA NOCHE...
La débil iluminación dibujaba destellos en
la carrocería de los coches. Eran dos berlinas. La oscuridad les
robaba su luz apagada, de metal, y su forma, que sólo insinuaba
la franja de claridad que proyectaba una solitaria farola. Uno
se intuía rojo, el otro ni siquiera se podía distinguir. Entre
las matrículas blancas, reluciendo en la noche oscura, había
algo. Se movió, deslizándose suavemente a través del charco que
se formaba en los huecos de la gravilla mal aprisionada. El
agua, farragosa y sucia, penetraba en los tejidos del bulto. El
frío de la noche envolvía con gélido abrazo al patio. Era muy
tarde. Todo en silencio, quieto. Con la cabeza sobre la humedad
de la calzada le llegó (No sabía porque) aquella canción que oía
cuando era niña pero de la que se acordaba perfectamente:
El reloj de cuerda suspendido
El teléfono desconectado
En una mesa dos copas de vino
Y a la noche se le fue la mano...
Se sentía igual. El reloj suspendido. Y a
la noche, desde luego, se le había ido la mano. ¿Por qué se
acordaba de aquella canción? ¿Dónde estaba? Levantó ligeramente
la cabeza, arrastrando por su cara un mechón pegajoso y
ceniciento. Se miró sus manos, extrañada de ellas. ¿Eran esas
las suyas, agarrotadas, frías, intentando aferrarse al asfalto
para no caerse? No sabría decirlo.
Apoyó un codo contra uno de los parachoques
y se irguió un poco más. Miró a su alrededor extrañada. Ninguna
chapa que le indicara donde estaba. La cabeza le daba vueltas.
Solo acertó a comprender que estaba en un extraño patio
encerrada entre cuatro edificios con un pasadizo para salir a lo
que parecía una calle exterior. La luz de las farolas, al mirar
hacía allá le cegó. Giro la cara y se vio a si misma reflejada
en uno de los charcos. El pelo lacio, caía sobre el rostro en el
que no se encontraba ya ningún resto del maquillaje. Puso la
mano en el otro parachoques y se levanto. Soltó un quejido
mientras desdoblaba las rodillas lentamente. Fue caminando poco
a poco hasta la otra calle, era un parque con bancos y jardines
muy descuidados. El sitio no le sonaba de nada. Su mano recorrió
la cazadora en busca del bolsillo en el pecho. Lo tocó y notó la
falta del bulto acostumbrado. ‑ Mierda,‑ masculló.
El móvil no estaba allí. Estaba muy lejos
de su casa, quería volver a su cama, cómoda y caliente, a su
pijama, seco y confortable y desprenderse de la humedad de los
vaqueros mojados que se le filtraba por los huesos.
Pero a lo lejos un fulgor le llamo la
atención. Era la luz de una cabina telefónica. Se acerco a ella
apoyándose en el borde de las jardineras, tambaleándose y
tropezando con los adoquines desprendidos que mojaban más su
ropa al pisarlos. Empujo con su cuerpo la puertecilla metálica y
entro. Descolgó el auricular y marco el único numero que le
repiqueteaba en el cerebro, pero el pitido se alargaba y nunca
se oía el primer tono. Miro la pantalla de la cabina. Un gran
cero en color negro se distinguía bien. ¿Un cero? ¿Había llamado
al numero cero? Entonces comprendió. No había dinero. Se sintió
abatida, dejó su espalda resbalar por el cristal y sentó en el
suelo de la cabina. Los ojos se le cerraban y el extraño dolor
de cabeza ahondaba en sus sesos como si un agujero oscuro se
quisiera tragar lo que allí había. Se durmió.
Entreabrió los Ojos. El cuerpo le pesaba
como si sus músculos fueran de plomo. Abrió los ojos de golpe y
se acordó de donde estaba. Miro el reflejo de su cuerpo en el
cristal. Su cara estaba desencaja y los ojos, enrojecidos,
vidriosos y desorbitados. Se irguió como pudo y salió al
exterior. Empezó a ver niños con carpetas y mochilas. El
traqueteo de las mochilas le estallaba en la cabeza. Irían a la
escuela, así que deberían ser las nueve. Con la tenue luz
matutina vio brillar delante de la puerta de la cabina una
moneda que había caldo por una rendija de desagüe. Ésta no
estaba muy fija al suelo. Con un poco de dificultad levantó la
pesada losa y la apartó, unos centímetros, metió la mano en el
agujero, rebozándola de agua estancada y hojarasca. Tocó la fría
redondez de la moneda y la sacó. La limpió restregándola contra
la camiseta. La metió en la ranura, descolgó y marcó el número
de teléfono del trabajo de su madre. Un pitido, dos ... Alguien
descolgó al otro lado. ‑Mamá, ‑balbuceó.
Apartó el auricular para no oír los gritos
de su madre. ‑Ya.
Miró
los edificios y descubrió la placa de la calle.
‑En...
‑Si ‑acertó a decir‑
‑Vale.‑ Musitó.
Colgó el teléfono. Salió de la cabina y se sentó en
las jardineras, Empezaba a clarear. Al rato apareció un coche blanco en la
calle con un fluorescente verde encima. El taxi ya había llegado. Caminó
hacia él, abrió la portezuela y se dejó caer sobre el asiento de atrás. El
taxista la miró de arriba abajo y tras la mirada reprobatoria se giró
hacia delante, quitó el freno y el coche se puso en marcha. La cabeza le
resbalaba por la tapicería aterciopelada. Le pidió al taxista que
encendiera la calefacción pero no le hizo caso. Siguió como sí no hubiese
oído nada. Pero, ¿Lo había oído realmente? Quizás ella no lo había dicho.
No estaba segura.
El taxi se paró por fin. Su madre ya había pagado el
trayecto. Bajó del taxi, La puerta del portal estaba abierta, la empujó y
entró. Metió los dedos por la rendija del buzón y sacó el manojo de llaves
que le habían dejado allí. Llamó al ascensor, pulsó el cinco y se apoyó
contra el espejo. El traqueteo cesó. Abrió la puerta de su de su casa con
cierta dificultad‑ No había nadie. Fue a su habitación y tiró de un
manotazo los muftecos que había encima de su cama. Quitó el edredón y se
metió en la cama vestida. Horas después se pegó una ducha, se puso un
pijama y mientas se hacia la cena, pensaba, intentando acordarse de cómo
había acabado en aquel patio. Había salido como siempre con sus amigos
sobre las diez, para hacer la ruta de todos los fines de semana. Un bar
tras otro. Se dic cuenta de que habían sido sus amigos tan borrachos como
ella habían sido los que la habían dejado tirada allí. Como una colilla.
Aunque ya le había pasado otras veces, ya que cuando uno sale a divertirse
no controla mucho, siempre había aparecido con un amigo, riéndose de lo
que les había pasado. Pero esta vez no le había hecho gracia, se habían
pasado dejándola sola. Todo tiene un límite. Se sentía muy cabreada con
ellos. Pero su furia arremetió ahora contra sus padres. Padres. A mí que
me dejen con mis rollos que yo no me meto en sus movidas. Todo el día
encima, Vaya plaga. Por lo menos se estiraban con el dinero y los castigos
desaparecían antes del viernes.
A la mañana siguiente fue caminando al instituto.
Abrió la puerta del hall y vio a sus amigos. Dani y Bea llevaban gafas
oscuras (habían seguido tomando sin ella), los demás no tenían mejor cara
que ellos.
‑Hey, tía ¿que tal?‑ La voz de Marta sonaba muy
falsa.
‑Ah, no se..., tu sabrás..., vosotros fuisteis que me
disteis las buenas noches. ¿No?‑ respondió
‑Tía, no te enfades, que nosotros
estábamos también muy chungos. El dejarte allí solo fue una broma.
‑Además, fijo que te quedaste sopa pronto‑ añadió
Dani intentando suavizar el ambiente.
‑Tú te callas, imbécil. Menudos colegas, que te dejan
colgada. Yo no me arriesgo a volver a salir con vosotros.
Se alejó. Pero sabía que el enfado no duraría mucho.
Efectivamente, la semana pasó con sus treinta horas de clases‑ bueno no
exactamente‑. Como de costumbre le levantaron el castigo y ni siquiera
notaron su resaca. El viernes por la noche volvieron a salir, a beber, a
fumar y a hacer lo de siempre. A la hora de marcharse se despidió de sus
amigos que iban a coger el autobús.
Ella se dirigió a la estación de taxis. Hacía frió y
todo estaba silencioso y quieto en la ciudad.( El reloj de cuerda
suspendido ... )Tropezó con una papelera y cayó al suelo (El reloj de
cuerda... ) La cabeza le iba a estallar (El reloj de.. . ) Lanzó un
gemido, se retorció sobre el pavimento mientras se agitaba convulsivamente
(El reloj...) Con los ojos abiertos, en la lucidez del último momento, se
dio cuenta, de que el reloj suspendido se había parado, por fin, en una de
tantas noches en las que se le había ido la mano.
Fin
Lydia Romero Neila 4º ESO C
Primer premio concurso relatos cortos Navidad 2001
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LA
VENTANA
nº
5 Mayo 2002
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